En un reino lejano, el rey Midas fue bendecido con el toque de oro, una habilidad que convertía todo lo que tocaba en oro puro. Al principio, este don parecía una bendición inigualable. Midas se deleitaba transformando objetos ordinarios en tesoros resplandecientes, acumulando una riqueza inimaginable en su palacio.
Sin embargo, mientras Midas se revolcaba en su opulencia, los ciudadanos del reino empezaron a enfrentar consecuencias inesperadas. A medida que el oro de Midas se introducía en la economía, su abundancia comenzó a socavar su valor. Lo que antes era escaso y precioso, ahora era común y desvalorizado.
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Eventualmente, el poder adquisitivo de la población fue diluyéndose, mientras que por otra parte, Midas y sus cercanos a la corte, se vieron notablemente beneficiados. Los precios de los bienes y servicios comenzaron a subir, pues el oro ya no era tan valioso como antes.
Los ciudadanos comunes, lejos de la influencia directa de Midas, encontraron que sus ahorros en oro perdían valor rápidamente. Lo que una vez pudieron comprar con una pequeña moneda de oro, ahora requería una bolsa entera. La desigualdad se profundizó, y la frustración creció entre aquellos que veían cómo su trabajo y ahorros perdían valor ante la inflación causada por el exceso de oro.
Quienes están cercanos a la capacidad de crear el dinero, habitualmente violarán la confianza de su pueblo, creando más y más dinero, perjudicando a los gobernados ¿Se dan cuenta porque los gobernantes pueden y quieren pasar toda su vida gobernando antes que siendo productivos?
Solo un dinero, regido por código, incapaz de ser modificado al ser descentralizado, hará del dinero nuevamente, una herramienta más justa.
No se trata de volvernos ricos, es sobre volvernos libres.
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