Alpe
Gamma
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Tembló... Desde mi experiencia fue aterrador, pero al vivir en un pueblito, en una comunidad cerrada, la presión y el estrés por el evento fueron menos impactantes. Mi casa se agrietó un poco en sus paredes, nada grave y eventualmente fácil de reparar. Ese día hacía un calor espantoso y acababa de terminar de ayudar a varios vecinos con tareas escolares de último minuto. Mi espalda dolía, quizás ya por el peso de mis años, la diabetes y la tensión arterial haciendo estragos sobre mi organismo; no pasó de ser solo el susto, las risas del vecino que corrió en ropa interior, la señora Gloria —aquella vieja chismosa llena de intrigas por cada movimiento en casa ajena— gritaba desde su ventana el nombre de cada niño que jugaba en la calle con una entonación aguda en su voz que chocaba en los oídos.
Se cayó el sistema de comunicación y se fue la luz, sin sorpresa alguna, porque es el pan de cada día. Pero mi angustia crecía por ver cómo bajaba mi batería y la conexión con mis familiares era más difícil; mi mente empezó de manera astuta a generar patrones caóticos de escenarios posibles. Así, la ansiedad se apoderó de mi cuerpo. Por fin logré hablar con sobrinos, hermanos, cuñados, vecinos, mi hijo y mi mamá. Todos bien y con sus propias experiencias de la situación; cada uno lo vivió con base en su propio sistema de miedos y eso es inevitable. Los escuché, los aconsejé ante la presencia de las réplicas, les di mi atención entera e hice silencio ante mis propios miedos, creyendo quizás que necesito ser fuerte...
Luego llegaron las tristes noticias de las zonas más afectadas: los cuerpos de rescate inexistentes, los voluntarios sin experiencia y la voluntad de muchos de ayudar a otros... Mi cerebro se saturaba de información desgarradora; síndrome del sobreviviente con agradecimiento a mi Dios por permitirme estar a salvo. Empezó lo malo: robos, saqueos y violaciones a los derechos humanos... Qué lástima, qué sociedad tan fea. Qué cantidad de emociones y sentimientos tan intrusivos llegan a mi mente, flagelaron mis pensamientos y destruyeron más mi autoestima... Cada día más historias, más peso y sin tener con quién hablar...
Día 4 tras el terremoto: 1234 víctimas mortales, amontonadas como una pila de inocentes judíos en la guerra. Quizás a alguien sí le importen tanto como a mí, pero, al igual que yo, no tiene herramientas para hacer algo... Día 4 tras el movimiento telúrico: sigo en mi país, Venezuela, sin un dólar para ayudar, sin la capacidad física para aportar, con el sentimiento más grande de inutilidad... Día 4 tras el evento: mi hija llora a mi lado, yo estoy en ocupación involuntaria y desmerecida de un hospital porque lo que no se dice nos enferma. Mi diabetes con una glucosa de 465... y mi tensión en 190/170... Me duele la cabeza, me duelen los pies, siento una gran pena por mi hija que está pariendo para conseguir lo que los médicos aquí piden... y yo sé lo que tengo... pero no puedo evitar sentir lo que siento
Se cayó el sistema de comunicación y se fue la luz, sin sorpresa alguna, porque es el pan de cada día. Pero mi angustia crecía por ver cómo bajaba mi batería y la conexión con mis familiares era más difícil; mi mente empezó de manera astuta a generar patrones caóticos de escenarios posibles. Así, la ansiedad se apoderó de mi cuerpo. Por fin logré hablar con sobrinos, hermanos, cuñados, vecinos, mi hijo y mi mamá. Todos bien y con sus propias experiencias de la situación; cada uno lo vivió con base en su propio sistema de miedos y eso es inevitable. Los escuché, los aconsejé ante la presencia de las réplicas, les di mi atención entera e hice silencio ante mis propios miedos, creyendo quizás que necesito ser fuerte...
Luego llegaron las tristes noticias de las zonas más afectadas: los cuerpos de rescate inexistentes, los voluntarios sin experiencia y la voluntad de muchos de ayudar a otros... Mi cerebro se saturaba de información desgarradora; síndrome del sobreviviente con agradecimiento a mi Dios por permitirme estar a salvo. Empezó lo malo: robos, saqueos y violaciones a los derechos humanos... Qué lástima, qué sociedad tan fea. Qué cantidad de emociones y sentimientos tan intrusivos llegan a mi mente, flagelaron mis pensamientos y destruyeron más mi autoestima... Cada día más historias, más peso y sin tener con quién hablar...
Día 4 tras el terremoto: 1234 víctimas mortales, amontonadas como una pila de inocentes judíos en la guerra. Quizás a alguien sí le importen tanto como a mí, pero, al igual que yo, no tiene herramientas para hacer algo... Día 4 tras el movimiento telúrico: sigo en mi país, Venezuela, sin un dólar para ayudar, sin la capacidad física para aportar, con el sentimiento más grande de inutilidad... Día 4 tras el evento: mi hija llora a mi lado, yo estoy en ocupación involuntaria y desmerecida de un hospital porque lo que no se dice nos enferma. Mi diabetes con una glucosa de 465... y mi tensión en 190/170... Me duele la cabeza, me duelen los pies, siento una gran pena por mi hija que está pariendo para conseguir lo que los médicos aquí piden... y yo sé lo que tengo... pero no puedo evitar sentir lo que siento

